miércoles, 20 de enero de 2016

Todo lo que no se dice

Que no pienso en ti, dices. Entiendo que lo creas y no te culpo, soy consciente de la mudez de mis sentimientos. Pero si supieras que cuando amanezco, mis ojos se animan a abrirse deseando encontrar tu cara somnolienta y tu sonrisa eterna. Que esa sonrisa es causa y efecto de la mía. Si supieras, también, que cada sorbo del primer café de la mañana (y del último, y del de en medio) me recuerda al color de tus ojos, castaños a veces, cuando derrochan ilusión y casi negros, cuando derraman tristeza.  Pienso también que ojalá pudiera prepararte otro a ti, como te gusta: oscuro, con la leche caliente y media cucharada de azúcar moreno, simplemente para concederme a mí mismo el placer de verte acercar tus labios lentamente a la taza, y que lo pruebes y me sonrías y me digas que está perfecto y que sólo yo sé cómo te gusta. Si tuvieras la más mínima idea de que cuando me lavo los dientes medito acerca de tu boca, de cómo la perfección alcanza su máxima expresión en los vértices de tus labios, tan perfectos, tan definidos, tan suaves y tan míos. Y que entonces me muero por besarte de nuevo. Si supieras, cariño, que mientras miro mi armario en busca de con qué vestir estas ganas de ti, sólo puedo ver tu cara de niña cuando me pongo tu camisa preferida, esa azul que compramos juntos y que sonrío, tontamente, al imaginar tu cara de horror ante mi camisa marrón.... Si supieras que en ese momento sólo deseo que cualquiera de mis camisas esté tirada en el suelo de tu habitación y que seas tú quien me vista con el rastro de sus besos. Si en realidad supieras, ay amor, que pienso en ti en cada paso que doy cuando me dirijo al trabajo y que en silencio pienso que camino hacia ti, hacia tus brazos siempre listos para recibirme y que, inconscientemente, sin querer, mi cuerpo se prepara para recibir todo tu peso, como cuando después de mucho tiempo sin vernos saltas contra mí, tan liviana, tan libre, pero conmigo. A lo mejor no ceerías que no pienso en ti si supieras que cada vez que tengo ocasión reviso el móvil por si me has mandado un mensaje recordándome cuánto me quieres, o mejor, que AÚN me quieres aunque creas que no pienso en ti... Y que si no lo hay, al menos me deleito con la imagen de tu sonrisa que decora mi fondo pantalla. Y mi vida, eso siempre. Y si además supieras que a la vuelta, tonteo con la idea de coger el camino en dirección a tu casa para que me regales un beso de buenas noches que me permita, al menos, soñar que estás durmiendo a mi lado. Si supieras, que mientras estoy en mi cama, listo para afrontar otra noche sin ti, sólo pienso en meterme en la tuya y decirte al oído, "mi amor, ¿cómo puedes creer que no pienso en ti?".

martes, 30 de septiembre de 2014

Opositores a la Administración de Justicia; el silencio de los corderos.

Los opositores a la Administración de Justicia; esa especie rara de seres humanos que dedica un mínimo de 8 horas diarias al estudio de la Ley, saborea el café como el mejor de los manjares, siente cierto síndrome de Estocolmo por sus Códigos y grandes dosis de culpabilidad cuando una enfermedad o cita en el médico impide cumplir el planning diario. Ésa especie de ser humano de voluntad inquebrantable que cuenta con dos semanas de vacaciones AL AÑO (y en el mejor de los casos), y es capaz de decir NO una y mil veces a un millón de planes suculentos. Aquel ser extraño que nadie entiende, sino sus iguales, aquel que cree todos los días que detrás de tanta legislación hay un sueño cumplido; que no cesa en su empeño y que tiene todo de lo que tanto se carece hoy en día: fe. Ése ser extraño que se reinventa tras un cante fatídico y que se hace gigante tras cada felicitación del prepa y al día siguiente se come el mundo enclaustrado en esas cuatro paredes comúnmente conocidas como "opozulo". El opositor a la Administración de Justicia, el único ser que es capaz de volver a sentir algo como si fuera la primera vez después de un millón de veces (ya sabéis a lo que me refiero: las visitas al prepa). Un ser capaz de contemplar el asesinato cuando hay alguien impidiendo el estudio, como vecinos ruidosos o invitados en casa...sin ninguna intención de cometerlo. Un ser capaz de echarse a llorar porque se han dejado de fabricar SUS libretas, SUS fichas o SUS subrayadores...

El opositor a la Administración de Justicia, ése ser que ve año a año cómo se infravalora su trabajo diario. Un ser capaz de la enormidad del reto al que se enfrenta, como es una oposición compuesta por 321 temas que van modificándose a lo largo del año, y cuyo acceso es dudosamente justo. Nosotros, que observamos cómo año tras año el Ejecutivo desoye completamente las necesidades de nuestra sociedad, un Ejecutivo que hace caso omiso a la barbarie en la que se ha convertido nuestro sistema Judicial gravemente aquejado por un déficit extremo de profesionales de la Justicia, violando sistemáticamente mandatos constitucionales que garantizan una tutela judicial efectiva.

Opositores a la Administración de Justicia, futuros integrantes del tercer Poder del Estado, el Poder Judicial, que, sin saber por qué, es el que menos recibe con respecto de los demás y el que más necesita. Nosotros, supuestamente amparados por nuestro órgano de gobierno, el Consejo General del Poder Judicial, tan politizado ya que es incapaz de velar por nuestros intereses y, por ende, por los DERECHOS de todos los justiciables.

Y, lo mejor, opositores a la Administración de Justicia, ése ser capaz de conservar sus ilusiones, que cree que un cambio es posible y que no dejará de luchar hasta conseguir todo aquello en lo que cree: JUSTICIA.

domingo, 10 de agosto de 2014

Big Bang

Un día cualquiera, de una semana cualquiera, de un mes cualquiera. Lo ves y algo extraño sacude tu cuerpo. Imposible saber qué es, pero algo lo suficientemente potente como para saber que acaba de producirse un antes y un después. Pruebas suerte, porque, a veces esas cosas pasan. Nunca a ti, pero ¿por qué no? Lo intentas.


Pero no sale como esperabas. De hecho no te habrías podido imaginar si quiera todo lo que se avecinaba; algo que nunca habías soñado, ni leído, ni visto en películas. Incluso mientras lo estás viviendo crees que sólo eres un espectador de esta tragicomediaromántica tan intrincada. Al más puro estilo griego. O romano. O de Woody Allen. O todo junto.


En fin, la cuestión es que es tu historia. Y a veces pesa. Mucho. Y es que nunca sale nada como esperas. Y esperas (¡vaya que si esperas!). No sabes qué, pero el caso es que esperas. Un milagro, o dos –tal vez-, un momento de lucidez en su mente que le haga ver todo lo que tú hace tiempo que ya ves. Y desesperas. Y quieres que acabe. Pero no quieres, porque, en realidad sólo quieres que empiece. Y d-e-s-e-s-p-e-r-a-s.


Hasta que ocurre. Ni idea de cómo. En mitad de la música, del baile, del ruido, de la ajenidad de la gente. Y se produce algo mágico. Algo como la combustión espontánea de todos tus males, la rosa mosqueta de tus cicatrices,  el chorro de agua fría que apaga tu sed. Se produce algo así como una lluvia de estrellas o el cometa jamás visto en los últimos 300 años. Pasa algo así como encontrarse de repente solos en mitad de la nada. O del todo. Un Big Bang. Nuestro Big Bang.


Y todo empieza a ser como quieres. Tan bueno que nunca lo habías soñado, ni leído, ni visto en películas. Algo tan genial que es prácticamente inimaginable y que, precisamente por eso parece tan frágil. Entonces aparece lo único malo que puede acompañar semejante historia: el miedo. Miedo a que alguien descubra algo que tú descubriste hace tiempo. Miedo a que alguien se dé cuenta de lo especial que es, de lo fantástico que sería besarle, abrazarle…tenerle. Mucho miedo a que alguien espere y desespere y sueñe y luche y busque. Miedo de que haya por ahí alguien como tú capaz de todo.


Respiras.
Recuerdas.
Y sonríes…

…porque, ¿cuántas personas conoces capaces de provocar un Big Bang?



martes, 22 de abril de 2014

Perder el Norte

El miedo nos empequeñece lentamente el corazón. La gente normal se consuela pensando que temer, no atreverse, les hará inmunes al dolor. Y así muchos deciden vivir sin vivir. Se autoconvencen de que no es necesario dar nada ni jugársela por nadie porque, total, ¿para qué? si al final todo acabará. Y dolerá. Mucho.

Por eso las gente corriente de hoy decide pasar por alto las pequeñas enormes cosas. Se gritan al anochecer que nada es importante, que esa persona no es especial y que eso que le remueve las entrañas es el garrafón  del sábado. No vale la pena pensar que sea algo diferente. Mejor seguir en el redil, zona de confort, seguridad... cárcel.

Y así es como la grandeza de las pequeñas cosas pasan por sus vidas sin pena ni gloria. Los mensajes de buenos días porque sí, una indirecta muy directa en cualquier red social, una palabra (o juego de plabras) que se convierte en protagonista de una historia que probablemente nunca nadie llegue a contar. Se dejan perder las personas capaces de descifrar tu estado de ánimo por cómo escribes a través de una pantalla, las que se desvelan una y mil noches deseando que esa conversación termine en una apuesta arriesgada pero, a buen seguro, ganadora... que nunca llega. Las personas de enorme corazón y eterna sonrisa regalada para arreglarte un día regular. O para mejorar el perfecto. Las personas que te cosen las alas arrancándose sus propias plumas, las que creen en ti mucho más de lo que tú mismo hayas podido creer jamás. Se hace caso omiso al deseo de pasar más tiempo juntos, de verse, de tocarse, de cuidarse, de volar. No se tienen en cuenta los: "¿qué tal tu día?" y echar de menos en silencio se ha convertido en la capa más helada de unos corazones cada vez más pobres. Quitas importancia a la persona que te hace sentir seguro, a salvo, a la persona que te hace sentir vivo y que eres capaz de todo. Dejas ir a quien lo arriesga todo por ti, a quien te pide por favor que sonrías, a la persona con quien te permites lo que hoy entendemos un lujazo: SER TÚ MISMO. La persona que quiere todo lo que eres, que repudia tus máscaras y sueña con ser uno de los motivos de tu risa. No se le da importancia a esa persona con la que puedes hablar de todo, a quien deseas contarle todas las cosas buenas y quien deseas que te abrace en las malas. Esa persona en la que estás pensando mientras lees esto.

Siento ser yo quien, desde mi entusiasmo desbordado, desmedido y casi siempre confundido, os diga que sí vale la pena. Que hay cosas por las que vale la pena perder el Norte. Y personas con las que vale la pena perderse toda la vida.



miércoles, 9 de abril de 2014

Eco

Se acabó. Ya no queda nada. No hay magia, no hay luz, ya nada brilla. Todo se apagó, nos ganó el final del cuentoo. No ha sobrevivido nada por lo que valga la pena luchar, nada que te arraque sonrisas, ni mensajes fugaces que explosionen el alma. No queda camino, ni horizonte, ni perspectiva. Se fueron las razones, y se desvanecieron los motivos. Las palabras quedaron huecas, las manos vacías y las excusas danzando. Los perdones ardiendo, las gracias olvidadas y las ganas perdidas. Las lágrimas secas, las miradas muertas y los susurros agónicos. La música sorda, los suspiros volando y las promesas inertes.

Se acabó. No hay nada. Ni siquiera hay nada que sentir, ninguna pérdida que lamentar... Sólo un eco. Un eco que ya no es nada de la sinfonía que reinó. Un eco que calla todo lo que (no) se gritó. 


domingo, 30 de marzo de 2014

Estoy yo

Nunca pensé que algún día iba a ser posible recibir un mensaje tuyo sin que se me parara el corazón. Tampoco se me había ocurrido que llegaría el día en que, sentados en nuestra terraza preferida, pudiera dejar de mirarte.. Pensé que nunca en la vida me costaría un esfuerzo supremo buscar un hueco para ti en mi cadavezmásapretada agenda. Ni muchísimo menos se me había pasado por la cabeza que algún día te negaría un beso. Pero el otro día, cuando todo eso pasó, no me sorprendí.

Por aquél entonces pensaba que era demasiado amor. Demasiado hasta tal punto que era incomprensible. Ni siquiera tú entendías cómo podía quererte tanto. Supongo que sabías que no te lo merecías. Y yo en el fondo también. En cualquier caso, pensé que jamás dejarías de arder dentro de mi. Siempre supe (¿?) que estarías ahí, centelleando.

Y como siempre, apareces de nuevo, como un huracán nacido de las entrañas más oscuras de la Madre Naturaleza, dispuesto a desbaratar mi mundo y volver a partirme en mil pedazos. Imagino que (también como siempre), creíste que diría que sí.

Probablemente yo ya supiera que ibas a volver. Porque sí, porque digan lo que digan es difícil olvidar a alguien que te ha dado tanto; que te lo ha dado TODO. Y, en fin, era evidente que después de un tiempo huyendo de mí y, sobre todo, de ti mismo, pararías en tu trayecto con destino a ninguna parte para darte cuenta de que estabas solo. Que ya no había nada. Ni nadie.

Te da por volver, por decirme cuánto me echaste y me echas de menos. Cuánto te arrepentiste y te arrepientes. Que no ha habido mejores besos ni tampoco una pizca de amor. Que tu mundo ya no era un sitio donde valiera la pena vivir si no era yo quien lo iluminaba. Que soy única, especial y de ésas personas que se conocen una sola vez en la vida. Y un sinfín de cosas más que parecías haber olvidado el día que decidiste marcharte.

Vuelves así, como si nada, como si yo todavía no me hubiera ido.

Después de decirte que no, me preguntas, ojiplático: "¿por qué? ¿Hay alguien más?". No quería hacerte daño. Pero sí. Hay alguien más. Una persona que se merece todo lo que me quitaste y a la que hoy quiero por encima de todo. ESTOY YO.

Y así, con este adiós, ya podemos arder.

martes, 25 de marzo de 2014

Lo que tú desees, una y mil veces.

¿Quién quiere estar cuerdo en este mundo de locos?

En realidad no es todo que deberías hacer precisamente aquello que tienes que hacer. Porque, decidme, ¿qué más da si ya le diste una oportunidad, tres o una centena? Lo lógico sería que tras la primera decepción el oportunista en cuestión no recibiera otra oportunidad, sino una patada ahí donde la espalda pierde su nombre... pero, ¿de qué sirve eso cuando en realidad lo único que deseas es darle cien mil más? Dáselas, y hasta un millón. Hasta que no puedas respirar. Dáselas mientras sea lo que deseas.

No importa que te hayan roto el corazón alguna vez. Lo lógico (¿?) sería guardarlo bajo llave en alguna urna de cristal a prueba de bombas atómicas y lanzarlo al Triángulo de las Bermudas antes del próximo amanecer. Pero no tienes que hacer eso si lo que en realidad deseas es ir por ahí a pecho descubierto haciendo alarde de tu valentía. Aunque duela y los trozos ya no sean trozos sino polvo. Hazlo así si lo deseas. A la porra con las llaves.

Cuando caminas corres el riesgo inevitable de caer. Deberías decidir cambiar de ruta, porque no deberías querer volver a tropezar de nuevo justo en esa piedra. Pero, ¿para qué cambiar, si ése es tu paisaje favorito y sabes que lo único que seguirás deseando es levantarte una, otra y otra vez? Hasta el final. Y aunque no haya final. A tomar por saco el camino de flores, que encima dan alergia.

Después de terminar (por quinta vez) tu libro favorito, lo lógico sería guardar un buen recuerdo de él y pasar al siguiente. ¿Qué importa si tú lo que quieres es que sea ése libro el que vele tu mesita de noche por los siglos de los siglos? Déjalo ahí. Reléelo. Una y mil veces.

Resulta que con este hacer nos estamos convirtiendo en una especie de robots maquiavélicos sin coraje, sin sentimientos y programados respecto a todo aquello que deberíamos querer hacer. Así parece que todo sea más fácil. Decidimos algo porque es lo que debemos decidir. Sin más. No hace falta más vuelta de hoja. El "es lo que hay" se ha convertido en nuestro dogma diario. "ES LO QUE HAY", asesinando lenta, dolorosa y silenciosamente a los ya pasados de moda "Y SI..." y el deseo que cada uno de ellos esconde. Encima, cada vez que te dices "es lo que hay", muere un gatito.

Nuestro sentido común (que, de repente y muy a mi pesar, vuelve a ser el más común) ha tomado las riendas de nuestras vidas anulando cualquier atisbo de pasión que pudiera asomar, discordante y delirante, frente a tanta decisión debida.

Pero no os preocupéis. No tengáis miedo. SE CURA. Sólo tienes que desenchufar al robot que se ha apoderado de tu alma (o cortocircuitearlo) y empezar a escucharte. Dejarte desear. Y salir ahí, al mundo, a desentonar junto a tanta mecánica para hacer todo lo que tú desees una y mil veces.